La Claraboya
La idea me trotaba desde que la conocí. Era chiquita, de piel muy blanca, de formas redonditas. Su manera de moverse, sus gestos, su cuerpecito ejercieron en mi un hechizo instantáneo. Desde el primer momento supe que tenía que tomarla; pero ¿cómo lograr mi comedido?
Le gustaba el arte, así que decidí jugar esa carta. Poco a poco le fui diciendo que me gustaba dibujar, pintar, hacer esculturas, y tomar fotos. El la inocencia de su juventud, fue entrando en mi juego. Finalmente me atreví a invitarla a casa para mostrarle lo que hacía. Lo pensé largo rato, pues, si bien no le mentí cuando le dije que me gustaba pintar, soy un verdadero tronco y ella podía desilucionarse, despreciarme. En realidad, el riesgo no era tan grande, pues, si bien lo que yo hago no vale gran cosa, tengo algunas obras de mucha calidad, aunque no sean mías. Y eso, no dejé de decírselo. Pienso que si estaba incómodo, es porque lo que yo buscaba no era compartir con ella los cuadros buenos que tengo en casa ni tampoco mostrarle los malos que yo hacía. Lo que yo quería era tomarla. Lo deseaba tanto que se había vuelto una obsesión.
Mi departamento tiene dos plantas. La planta inferior es algo más clásica, por eso decidí que la haría entrar por ahí. Mejor no asustarla de movida. En la planta superior, que es un altillo, tengo mi taller, la cocina y el comedor. Había preparado una buena cena, todo listo, solo hacía falta apretar el botón del microondas para calentarlo. Tenía dos buenas botellas de vino que había descorchado para que su aroma se fuese liberando. Había puesto la mesa, el mantel negro que siempre causa efecto, la vajilla negra intercalada con la blanca, y por supuesto los candelabros de plata que había heredado de mi madre. ¡Mi pobre madre, si supiera los oscuros propósitos para los cuales uso sus candelabros! En el salón de la planta inferior tenía lista una picada y un tequila que sabía que iba a aceptar.
Llegó casi puntual, justo un poquito tarde, en buena coqueta que era. La hice pasar, y mientras le quitaba el abrigo ella (ad)miraba todo. Ciertamente miraba, pero me daba la impresión que admiraba incluso lo que había sido hecho por mi. Se mostró impaciente por ver uno o dos cuadros de los cuales le había hablado, y como notó la escalera que subía al altillo, quiso subir y me costó un poco retenerla. Yo sabía que estaba en buen camino, y demoraba la subida para que cause el mayor efecto posible.
También me acometieron algunas dudas, ¿y si era de yeso?
"Esperame un minuto, has de tener hambre, voy a lanzar la comida", y sin darle tiempo a que protestase, subí, apreté el botón del microondas, apagué las luces y encendí las velas. Su mirada pícara, cuando bajé, me confirmó que era bastante avivada, y me atreví a pensar que esa misma noche la tomaría.
Me paré unos escalones antes de llegar abajo, y tendiéndole la mano la invité a subir. La tenue luz de los candelabros surtió su efecto. Mientras le servía la cena, y le rellenaba la copa, ella se entusiasmaba mirando todo a su alrededor. Las copas en el cielorraso, los cuadros, la mesa sobre la pared, la otra colgando del cielorraso, con vajilla, silla y hasta comensal, el muñeco entre el follaje, todo lo que iba descubriendo. Se levantaba, se acercaba a un objeto, volvía a la mesa porque la comida le encantaba, se volvía a levantar, me echaba una mirada provocadora, todo estaba yendo a las mil maravillas. Y yo la miraba, imáginando todas las posiciones en que iba a tomarla.
Después del postre, tenía que tirarme; le propuse un licor, que con mucho coqueteo aceptó.
El momento había llegado, y le dije, muy tranquilamente, lo más naturalmente posible, que quería tomarla...
en fotografía.
Me miró con su carita inocente y, sin nada de vergüenza me preguntó si quería que se desvistiese, y evitándome la vergüenza de tartamudear un sí atragantado, empezó a desabrocharse.
Bajé lo más rápido que pude a buscar la máquina de fotos, y cuando subí,
¡oh sorpresa!
Miré hacia donde había estado sentada,
no estaba.
Mi perversa mente me llevó a mirar hacia el sofá.
Tampoco.
Por un instante pensé que se había ido, pues en el altillo también hay una puerta de salida, pero vi su ropa en el suelo.
Apenas tuve tiempo de sacarle una foto antes de que se escapase por la claraboya.
No sé lo que le pasó, ahí se quedó petrificada. Continuar.
-
-
-